Sharon Mitchell nació en el sur de California a principios de la década de 1950. Su primer contacto con el cine para adultos ocurrió a mediados de los años setenta, cuando el género aún operaba bajo un modelo de producción artesanal. Mitchell ingresó al sector gracias a conexiones personales en el ambiente nocturno de Los Ángeles. Durante sus primeros años, trabajó tanto frente a la cámara como en tareas de producción, llegando a dirigir algunas escenas bajo seudónimos. Su físico natural y su actitud directa la convirtieron en una figura recurrente en películas de la llamada «Edad de Oro del porno». Sin embargo, ya en aquella época empezó a experimentar con sustancias, un patrón que marcaría su vida durante la siguiente década.
A finales de los ochenta, Sharon Mitchell enfrentó una adicción severa a la heroína y la cocaína. Su consumo afectó su carrera y sus relaciones personales. En 1992 sufrió una sobredosis que la dejó al borde de la muerte. Este suceso la llevó a ingresar en un programa de desintoxicación. Durante su recuperación, Mitchell descubrió que muchos de sus colegas de la industria habían fallecido o estaban gravemente enfermos a causa del VIH. La falta de información y la estigmatización la impulsaron a buscar datos concretos sobre la prevalencia del virus en el sector. Al no encontrar estudios sistemáticos, decidió que debía ser ella quien generara esa información.
En 1998, Sharon Mitchell fundó la Adult Industry Medical Healthcare Foundation (AIM), una clínica sin fines de lucro ubicada en el valle de San Fernando. El objetivo era ofrecer pruebas de VIH, asesoramiento médico y educación sobre salud sexual a trabajadores de la industria del entretenimiento para adultos. Mitchell invirtió sus ahorros personales y convenció a médicos voluntarios para que colaboraran. La clínica atendía a cientos de personas cada mes, realizaba exámenes de laboratorio y mantenía un registro anónimo de la seroprevalencia. Su labor permitió detectar brotes tempranos y evitar contagios masivos. Mitchell también participó en la redacción de protocolos voluntarios de pruebas obligatorias que más tarde adoptaron los principales estudios de cine para adultos.
A pesar de su contribución, Sharon Mitchell no estuvo exenta de críticas. Algunos sectores la acusaron de lucrar con la salud de los actores o de mantener estándares insuficientes. Ella respondió siempre con datos: en más de quince años, AIM redujo drásticamente la transmisión del VIH dentro de la industria californiana. En 2004, Mitchell testificó ante el Senado de California sobre la necesidad de regulaciones sanitarias específicas para el cine para adultos. Su testimonio fue citado en medios como Los Angeles Times y The New Yorker. En paralelo, publicó artículos en revistas médicas y dio conferencias en universidades donde relataba su transición personal de adicta a defensora de la salud pública.
Hoy Sharon Mitchell sigue colaborando con organizaciones de reducción de daños, aunque ya no dirige AIM (la fundación cerró en 2015 por problemas de financiación). En entrevistas recientes, insiste en que su experiencia personal —desde el consumo de drogas hasta la recuperación— le dio la credibilidad necesaria para acercarse a una comunidad que desconfiaba de los sistemas de salud tradicionales. Mitchell ha evitado cualquier romanticismo de su pasado, afirmando que el trabajo en la industria fue solo un medio para sobrevivir, y que su verdadera vocación surgió cuando pudo ayudar a otros a evitar los mismos errores. Su biografía, escrita en primera persona, permanece inédita, aunque fragmentos han circulado en archivos de la historia oral de la pornografía estadounidense.